CUENTOS

El bosque y las estaciones

     Hace mucho, mucho tiempo se terminó de preparar la primera primavera en el bosque.

Bosque, que gobernaba la infinita espesura, había diseñado cada pequeño rincón junto a Ortiga, Sauce, Lavanda y sus otros/as ayudantes. Todos/as los habitantes del bosque estaban muy contentos/as con esa preciosa primavera, pero también había mucho trabajo. Empezando por los pájaros y las abejas que trabajaban sin parar.

Ortiga y Sauce estaban especialmente orgullosas de la floración de los cerezos y de los almendros. Por eso se habían adornado el pelo con esas flores blancas y rosas.

Por su parte, Lavanda estaba muy contenta con su creación: las amapolas. Eran de un rojo tan bonito que se las podía ver a lo lejos. Pero tal y como las había creado, no podía cortarlas para hacer un ramo o adornase con ellas. Eran tan delicadas que en cuanto las cortabas, se marchitaban. Así que no presumía de ellas delante de Ortiga y Sauce, pero, siempre que podía, se escapaba hasta uno de los campos para verlas o las contemplaba asomando por los lados del camino.

Bosque decidió reunir de nuevo a Sauce, Ortiga, Lavanda y al resto de ayudantes. Aunque le encantaba lo bonito que había quedado el bosque, tenían que pensar algo para cambiar de aspecto. Las abejas no daban a basto y tenían sobre producción de miel, los pájaros pedían poder parar de trinar, las flores habían empezado a invadir cada rincón y algo habría que inventarse con todo ese trigo maduro. ¿Serviría para algo?

Bosque pidió que dijeran qué se podía hacer. Unas y otras dieron muchas ideas. Incluso se acordó tratar de probar algo que llamaron pan. Lavanda tenía una idea, pero tenía miedo de que el resto se riesen de ella. ¿Sería una idea loca? ¿Sería una idea absurda? Bosque estaba a punto de finalizar la reunión cuando, temblando, Lavanda levanto la mano.

— Yo… yo tengo una idea — dijo Lavanda.

Todos y todas se volvieron para mirar a Lavanda. Ella notó que sus mejillas se volvieron tan rojas como las amapolas de las que tan orgullosa estaba.

— Oh, claro, Lavanda. Cuéntanos — le dijo Bosque.

— Vaya, Lavándula… — se escuchó a Ortiga murmurar a su gran amiga Sauce.

— A saber qué se le ha ocurrido — le respondió Sauce. — A lo mejor tiene una idea para acabar con esas horribles flores que ha puesto por todo el bosque. ¡Qué hortera!

— ¿Cómo las ha llamado? Ah, sí.. ¡Amapolas! ¿Qué clase de nombre es ése? — le dijo Ortiga mientras empezaba a reír de forma escandalosa junto a Sauce.

Lavanda, que las había escuchado hablar y reirse de ella, tenía las mejillas todavía  más rojas y estaba a punto de llorar.

— Tranquila, Lavanda. Puedes contarnos tu idea. Te escuchamos — le dijo Bosque, quien pareció darse cuenta de que algo le pasaba a Lavanda.

Lavanda tomó aire.

— Y… ¿Y si creamos el invierno?

Todas y todos le miraron sin entender qué podía ser eso del invierno. ¿De qué hablaba esta vez Lavanda? ¿Otra idea de las suyas?

— ¿El invierno? — dijo Bosque mientras miraba al horizonte con cara de pensar…— Me gusta cómo suena. ¡Cuéntanos más!

Así Lavanda comenzó a hablar de algo muy diferente a la primavera. Habló de nuevos paisajes, de árboles sin hojas, de los animales acurrucados descansando, del viento soplando con fuerza, de nubes color blanco y gris, de lluvia llenando los días.

A Bosque le entusiasmó la idea. ¡A todas y a todos! Ya que votaron a favor del invierno (a excepción de Sauce y Ortiga, que no estaban de acuerdo con guardar sus flores de almendro y cerezo hasta una próxima primavera).

Así que se pusieron manos a la obra. Pero claro, no podían pasar de golpe de primavera a invierno. Así que Brezo y Boj, que al igual que Lavanda ayudaban a Bosque, tuvieron otra gran idea: ¡el verano y el otoño!

Así que de la primavera pasaron al verano. Durante ese tiempo los animales comenzaron a preparar su casa para la llegada de ese nuevo frío. Para animar el duro trabajo, los grillos y cigarras se pusieron a tocar su música con fuerza y Sol, que iba a tomarse unos meses de descanso, decidió que en ese tiempo llamado verano trabajaría dando muchísimo más calor. Así todos disfrutarían de esos días soleados paseando por el campo y pensó en cuánto lo echarían de menos en esos días sin él (sí, Sol se pensaba el astro Rey).

Y casi sin darse cuenta, el verano estaba llegando a su fin y dando paso al otoño. El siguiente paso era ir dejando los árboles sin hojas, y durante esa época tendrían ese tiempo para ir deshojando los árboles y recogiendo las flores de las plantas.

A modo de despedida, pintaron las hojas de colores amarillo y marrón mientras empezaban a cubrir todo el suelo. El bosque entero pasó a ser un de un precioso color dorado.

Hablaron con Ura, la responsable del agua del mundo. ¡Le encantaba la idea del otoño! Así que creó nubes enormes y de un bonito color gris. Las rellenó de agua fresca y decidió estar presente durante ese bonito otoño. Así el otoño, además de dorado, se cubrió de una cortina de lluvia que lo envolvió todo durante días y días.

Y, por fin después de tantos preparativos, llegó el invierno. Lavanda había preparado una gran sorpresa para celebrar la llegada del invierno. Para ello, trabajó como nunca y le pidió a Ura que le ayudara. Así, una mañana despertaron con algo nuevo cayendo del cielo. ¿Qué era?

Los animales se asomaron desde su guarida, pero pronto algunas familias de ciervos y caballos se decidieron salir a pasear. Estaba frío, sus patas se hundían y debían caminar con cuidado, pero ¡era precioso y divertido!

Bosque miraba al cielo con entusiasmo. Incluso Ortiga y Sauce se abrazaron emocionadas.

— ¿Qué es esto, Bosque? — se apresuró Brezo a preguntar a Bosque.

— Ha sido una sorpresa de Lavanda, que nos lo explique ella.

Todos y todas miraron a Lavanda que sonreía con orgullo ante su creación.

— Nieve. Se llama nieve — dijo Lavanda. Esta vez, con mucha decisión y sin miedo.

Lavanda tomó la nieve entre sus manos y se dio cuenta de nuevo que, al igual que con las amapolas, no podría guardarla ni presumir de ella. Pero no importaba. La felicidad que sentía no le cabía dentro de ella y se extendía tanto como el blanco de la nieve delante de ella.

— Nieve… ¿Pero qué es? ¡No sirve para nada! — dijo Ortiga.

— Sí, sirve para esto — dijo Lavanda mientras le tiraba una gran bola de nieve.

Ortiga se quedó mirándola sorprendida y cubierta de nieve hasta que rompió a reír. Y junto a ella, todos los habitantes del bosque que comenzaron una gran batalla de bolas de nieve. La primera de la historia.

Pero todo esto fue hace mucho, mucho tiempo cuando se terminó de preparar el primer invierno en el bosque…

Cuento de Mireia Clavero

Ilustración de Viki Serrano


 

Antonio Vivaldi (que nació en 1678) fue un compositor italiano que quiso dedicar cuatro conciertos para violín y orquesta a las estaciones (uno a cada estación).

Aquí puedes escucharlas:

¿Te recuerda esta música a cada una de las estaciones?

 

2 comentarios en “El bosque y las estaciones

  1. Ohhhj qué precioso!! Y ponerle cara a Lavanda que genial jaja, la sorpresa muy chula que hacía tiempo que no lo oía. Graciasss. Me gustaría saber si se puede coger la imagen de Lavanda, evidentemente tal como va con la firma de su autora.

    1. ¡Hola, Sonia!
      Muchas gracias por tu respuesta. 🙂
      Puedes compartir la ilustración siempre que se nombre a su autora y de donde procede (Tras el Telón) y que no utilices la imagen para comercialización.
      Muchas gracias por leernos siempre y comentar.
      ¡Gracias infinitas!

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